Akixí Jordi Gaspar

Jordi Gaspar, la verdadera acústica del bajo
Borja Duñó
01-12-2009

¿Por qué un instrumentista que ha construido una larga carrera junto a figuras tan importantes como Joan Manuel Serrat, Tete Montoliu, Renato Carosone, Lucho Gatica y Maria del Mar Bonet decide dedicarse en cuerpo y alma a una música pensada exclusivamente para bajo acústico?. Jordi Gaspar ha encontrado en este instrumento un medio para acercarse a sí mismo como bajista, como persona. ‘Aikixí’ (Juan Palomo, 2009) es el resultado.

Borja Duñó – ‘Akixí’ es tu primera grabación de un proyecto propio. ¿Cómo surge este planteamiento tan radical de utilizar solamente bajo acústico y, en contadas ocasiones, contrabajo?

Jordi Gaspar - Es todo un proceso, nada gratuito. Pasé de casi dejar la música a decidir que esto era lo que quería hacer. Yo compaginaba la música con un trabajo fijo, y me iba bastante bien, pero el precio ha sido siempre limitarme a trabajar en proyectos de otras personas. Yo siempre era el colaborador enrollado, pero nunca he tenido la energía extra para pensar en un proyecto propio. Quizás he sido un poco lento, pero finalmente he decidido invertir toda aquella energía e implicación que he puesto en los proyectos de los demás en un proyecto mío. Llevo haciendo música desde los 17 años, cuando iba con Rumba Tres por toda España.

B.D. - ¿Y entonces pensaste que realmente tenías cosas que decir?

J.G. - Llegó un momento en el que me dije que había dos maneras de ir por un río: una, dejando que te lleve la corriente y la otra, poniéndote a remar e ir donde tú quieres. Y para mí ya no es tan importante el ránquing como bajista con más bolos o el más solicitado, cosa que en teoría es mejor, porque en realidad estamos en un mercado. Lo que quiero defender es quién soy musicalmente, qué es lo que me gusta y encontrar mi propia voz. Después podré trabajar en otros proyectos pero aportando mi propia visión, no simplemente haciendo lo que me dicen. Quiero hacer mi propia cocina, esto hace que tengas las cosas bien estructuradas a la hora de abrir el grifo.

B.D. - ¿El instrumento te ha servido para encontrarte a ti mismo?

J.G. - Sí, empecé con las Suites de Bach y ya sé que no descubro nada a nadie, pero entendí que había otras formas de explicar. Son melodías que no se repiten, son como discursos. Y de repente me hizo darme cuenta de que tenía mucha energía para tirar hacia delante pero que estaba repartiéndola entre muchas cosas y decidí tirarme de cabeza con el riesgo que eso implicaba.

B.D. - El bajo acústico, ¿lo descubriste trabajando con alguien?. ¿Porqué requerías este sonido?

J,G. - Lo descubrí hará tres años. Mi mujer me regaló uno de cuatro cuerdas y ya vi de qué iba, pero me quedaba un poco corto, porque soy un poco guitarrero y no me permitía hacer todo lo que yo quería. Quizá sí hay algo de cierto en eso que dicen que los bajistas somos guitarristas frustrados porque realmente hay muchas cosas que hacen los bajistas que a mí no me interesan. Ya sé que puede sonar muy radical pero, por ejemplo, esos malabarismos que se hacen con el slap. Como algo groovy, de acuerdo, aunque yo no lo hago, pero un solo de slaps…¿qué quieres que te diga? Es una cosa incomprensible, unos fuegos de artificio. Quizás si vas emporrado puede ser divertido pero a mí, como expresión musical, no me interesa para nada. Hay cosas que me interesan mucho más, como que, desde el punto melódico, todas las notas tengan sentido; que todo tenga un orden artístico, un mensaje, que sea un todo, que sea de verdad.

B.D. - Y ¿por eso necesitabas más cuerdas...?

J.G. - Sí, me faltaban notas agudas. Entonces fui a tocar a Nueva York con Maria del Mar Bonet y encontré este bajo de cinco cuerdas que venía con afinación de si-mi-la-re-sol, auque lo cambié a mi-la-re-sol-do y comencé a investigar. Este instrumento tiene una reverb natural, porque las frecuencias graves siempre resuenan y me sentí bien enseguida. Desde ese momento empecé a dedicarle horas, porque cada vez me resultaba fácil y atractivo.

B.D. - Entonces decides centrarte en este instrumento y estudiar enérgicamente.

J.G. - Yo tenía una obsesión. ¿Verdad que vas al trabajo cada día ocho horas o más? Pues si quiero ser músico me tiene que gustar estudiar, porque tendré que dedicarle las mismas horas. Por eso he reconstruido toda mi forma de estudiar y por eso doy clases en el Taller de Músics, porque pienso que tengo cosas que explicar que les pueden servir a más gente. ¿Qué puedes hacer para que por la mañana cuando te levantas quieras vestirte corriendo porque quieres comenzar? He dejado de hacer estos ejercicios mecánicos, casi gimnásticos, y me planteo el estudio desde el punto de vista de hacer música; de conseguir que todo tenga sentido; de estar concentrado todo el tiempo al cien por cien, de vivir más el momento. No estudio para prepararme algo que vendrá la semana que viene, sino que en el momento en que estoy estudiando ya estoy haciendo música, ya estoy disfrutando.

B.D. - A veces la enseñanza musical se puede cargar vocaciones, ¿verdad?

J.G. - Sí, en primer lugar vas a clase porque hay cosas que te orientan o te ayudan a completar lo que tú ya haces, pero no debes renunciar nunca a lo que tú eres. Cuando decides estudiar música es porque ya has tenido unas negociaciones internas y, muchas veces, lo que se consigue con la enseñanza, quizá inconscientemente, es que te olvides de todo lo que has hecho hasta ahora y empieces de cero. Esto puede funcionar con un niño si le prometes que cuando salga de clase irá al parque, pero si para ti lo que haces no tiene sentido, entonces no tiene futuro.

B.D. - Siempre hay una motivación que te empuja a comenzar a hacer música.

J.G. - Sí, de hecho, cuando en Myspace me pedían mis influencias, me di cuenta de que aún hay muchas cosas de las que hago que tienen que ver con Led Zeppelin; cosas que aún me recuerdan a aquellos blues lentos, a aquella voz, o a Genesis: vivencias que me motivaron a coger el bajo. Eso forma parte de lo que tú eres y no puedes olvidarte de ello. Al recibir una enseñanza tienes que conducir tú, tienes que asumir tu día a día y conseguir que todo tenga sentido. Debes querer conseguir objetivos a medio y largo plazo, como las empresas.

B.D. - Y los tuyos han sido...

J.G. - Mi día a día ha sido ponerme a estudiar, a componer y a encontrar mi voz. He conseguido que todo lo que he encontrado con el bajo acústico a nivel de expresión -no técnicamente- me haya servido para el contrabajo. Las notas que hago, los silencios que dejo... Al principio quería montar un repertorio para tocarlo solo, como lo hacen los cellos y las guitarras españolas, porque pienso que el bajo acústico tiene suficientes recursos.

Entonces empecé a montar las Suites de Bach para cello, algún standard, algunas composiciones propias, y cada vez tenía más producción original, hasta que decidí hacer un disco. Me dije: “esto empieza a gustarme y me siento reflejado, soy yo”. El disco lo haces como una carta de presentación, los músicos de jazz no hacemos discos para generar grandes ventas, mi intención era dar forma y acabar lo que estaba haciendo.

B.D. - ¿Por qué decidiste grabar el disco en Galicia, en un hórreo?

J.G. - Porque pasé allí mis vacaciones y encontré aquel entorno, con aquellos silencios, aquella madera... y me ponía a tocar horas y horas. El hórreo lo descubrí este verano, porque hay niños y hacen ruido, y allí me podía refugiar.

B.D. - La madera de la habitación tiene una textura especial, ¿es lo que buscabas?

J.G. - El sonido del entorno ha influido positivamente. El hórreo es una casa cuadrada de ocho por ocho metros y dentro hay una habitación donde se ponían los quesos, la miel y los jamones cuando era la época de salar. Son una maderas de castaño que tienen de 200 a 250 años, a la intemperie, y yo encontré un punto, entre la luz que entraba por las rendijas... tocabas y los graves eran geniales, aunque esa sensación se pierde en la grabación. Además hay un trabajo importante de ecualización, he tenido que estudiar para conseguir reproducir este sonido, porque al principio me lo ponía en el coche y no se entendía nada.

B.D. - Y no es lo mismo que grabar el disco en un estudio.

J.G. - No, porque para mí es un proceso paralelo. encontrar mi tono como intérprete, mi voz, y el lugar, la forma de componer, poder repetir y repetir... todo eso se ha mezclado muchísimo. Abrir el micrófono y grabarlo todo, hacer un ejercicio de honestidad, eliminar el excipiente y quedarme con el principio activo. La cuestión era evitar los mecanismos físicos que te llevan a tocar una nota después de otra (adónde se va el dedo) y en cambio pensar en qué nota quieres tocar. Y aceptar lo que te sale, porque quizás te sale un “nonaino” y tu querías hacer música muy moderna.

B.D. - En este proceso, ¿qué has descubierto de ti mismo como músico? En el disco se escucha flamenco, música mediterránea, no mucho jazz... ¿Cúanta improvisación hay?

J.G. - Hay improvisación, pero no he querido jugar a este concepto de combo de jazz, de tocar un standard porque hay unos acordes que son la excusa perfecta para colocar unas frases. Eso está muy bien para practicar unos cambios, pero yo he querido tocar con la máxima atención y decir cosas que sean de verdad, ya sea cuando compongo o cuando toco, y eso es lo que admiro y lo que me gusta de mis héroes. Cuando escucho Wayne Shorter, que desde la primera nota te aturde, Larry Grenadier, Charlie Haden... ese sonido redondo, aquella oscilación sobre el tiempo tan característica de él... es un mensaje. Evidentemente, un robot haría muchas más notas por segundo, pero lo que a mí me interesa es reconocer que hay un señor que explica las cosas a su manera. La música cuadriculada es impersonal, es difícil sentirla como propia.

B.D. - ¿Hay demasiados músicos que ponen el piloto automático?

J.G. - Sí, pero yo trato de ser muy respetuoso, porque hay quien tiene automatismos a distintos niveles. Alguien puede estar tirando de chorizos, pero quizá ha decidido hacerlo así porque quiere crear una tensión, así que tampoco me atrevo a generalizar en ningún caso. Para mí, el sentido es estar puesto al cien por cien, hacer lo que sea, pero sin miedo.

B.D. - ¿Se trata de encontrar aquello que sientes dentro y tienes necesidad de expresar?

J.G. - Sí, las personas nos parecemos, nos pasan cosas conocidas y por eso generalizamos y hablamos de la autoestima, del éxito. Las historias se parecen mucho pero lo que es diferente es como las vive cada uno. Esto es freudiano: cuando uno habla da detalles que no son casuales, aquello en lo que te fijas es un reflejo de lo que eres. De la misma forma, puedes tocar el mismo arpegio que los otros alumnos de una misma clase, pero la expresión y la entonación son las que tú le das y están marcadas por tu historia. En este sentido, trato de buscar mi forma personal de hablar y aceptarla y trabajar para que salga. Por ejemplo, para que te entiendan mejor tienen que practicar la dicción; estudiar con metrónomo; mejorar la afinación... ¡cuando está afinado y a tempo es acojonante! ¿Ves? Ahora mismo estoy un poco nervioso y lo primero que haré cuando te vayas ¡será coger el bajo!

B.D. - ¿Cómo ha sido el proceso de hacer cambios para conseguir que el disco suene como la ejecución original?

J.G. - Como me interesa mucho trabajar la dicción y la proyección del sonido, he disfrutado mucho de la producción del disco, con la mezcla; intentando conseguir sentir en la grabación lo que sentía cuando estaba allí y por eso a veces debes recortar unos medios ¡que de hecho estaban allí!. Con los micrófonos fui buscando la forma, y ahora el resultado me satisface, aunque quizá está un poco subido de agudos y el bajo no tiene esos agudos tan brillantes, pero era necesario para la proyección, para que a cuatro o cinco metros de los altavoces te llegue todo el sonido.

B.D. - ¿Por qué decides autoeditarte el disco con el sello Juan Palomo?

J.G. - Hablé con distintas discográficas y no recibí ninguna reacción entusiasta ante un disco de solos de bajo. Pero no es un disco de bajismo, no se trata de mostrar cosas difíciles que se pueden hacer con un bajo, es un disco de música personal hecha para bajo acústico. Primero soy persona, después músico y finalmente toco el bajo. Ese es el enfoque. Un conocido productor me dijo que se lo ponía en casa, en el coche y para trabajar, que le gustaba mucho, pero que no era jazz, ni flamenco, ni pop. Me dijo que era demasiado música de autor, como si fuera algo negativo, como algo que no se puede vender.

B.D. - ¿Quizá se trata de un disco poco comercial?

J.G. - Por eso decidí distribuirlo yo mismo porque, ¿quién irá al Corte Inglés o a la FNAC y hará el experimento de comprar un disco así? Esto ha cambiado mucho, aún recuerdo cuando íbamos a Andorra y comprábamos diez o quince discos sin haberlos escuchado, sólo por la portada, pero hoy la gente escucha los discos antes de comprarlos. Por otra parte, la distribución digital te da la opción de vender algo muy elitista. Quizás no hay suficiente gente en Barcelona que vaya a la tienda a comprarlo, pero quizás sí en toda Cataluña y en Chicago habrá dos bajistas a los cuales les interesará. En México hay gente que me conoce por Myspace y que están esperando que les envíe el disco, pero no sería rentable distribuirlo en las tiendas del DF.

B.D. - Pero el disco ¿se distribuye también en soporte físico, verdad?

J.G. - Sí, hay una tienda en Burgos, Docto Bass, que es la mejor tienda de bajos del mundo, tiene de la orden de 300 bajos de 3.000 euros para arriba y lo venderá por correo desde su página web. Y después hay un par de tiendas en Barcelona que lo tendrán, pero no son tiendas de discos. Son tiendas que tienes objetos diversos. Mi idea es vender un objeto que puede tener un papel en tu casa, pensando en la gente que nunca entra en una tienda de discos. Creo que esto tiene sentido para un disco como éste, que puede sonar de ambiente, igual que iluminas la habitación con un cirio o una lámpara. Se trata de un objeto atractivo, también suena en la tienda porque al vendedor también le gusta. Me parece que es una cosa especial, como un buen vino, que no se vende en el super sino en una bodega o en una tienda de delicatessen.

Entrevista publicada en el JazzButlletí Num. 94, nov-dic 09 © texto Borja Duñó